Juan Carlos Lago
(España. Universidad de Alcalá)

PARTE 2
parte 1 aquí: http://www.redfcn.com/?p=322
RELIGION Y ESPIRITUALIDAD
Por ello, el siguiente paso que tenemos que dar será entrar en la cuestión de la espiritualidad, tanto en su dimensión religiosa como no religiosa sino humana. La espiritualidad religiosa apela a una trascendencia y a una explicación del sentido de la vida y la realidad desde la presencia o existencia de Dios y la espiritualidad humana que rechaza esa necesidad de una trascendencia, entendida como búsqueda de una realidad más allá de la realidad natural o del mundo, pero que afirma una trascendencia del ser humano dentro de una realidad superior que es la propia realidad del mundo o de la naturaleza, que serían las posiciones del naturalismo inmanente o la espiritualidad inmanente (El universo esta animado, tiene anima o alma, la ecología.). Ambas posiciones responden a una necesidad de dar respuesta a una serie de problemas, de dudas y de construir nuestro sentido de vida, y ambas deben distinguirse de la religiosidad dogmática o religión como sistema.
La religión como estructura o dogma, tal y como ya he indicado al inicio de estas reflexiones, es una expresión que hace alusión más que nada a un sistema organizado de creencias, prácticas y formas de culto, compartidas por una comunidad, que se dirigen, generalmente, a mantener una relación o un vínculo entre el ser humano y Dios u otra realidad trascendente.
Notemos aquí la cuestión fundamental de que para que haya “religión” tiene que darse una comunidad, una común-unión alrededor de unas creencias básicas, entre las que, fundamentalmente está la existencia de un dios. De ahí el sentido católico, de “comunión” o hacerse uno en la comunidad compartiendo el cuerpo y el espíritu de Jesucristo, hijo de Dios. No se trata de formar una sociedad, no es cuestión de reunirse y juntos defender unos intereses, sino que se trata de crear una comunidad, de compartir unas creencias y esperanzas. Como defiende André Compte-Sponville, “la convergencia de intereses no basta. Por lo demás, una y otra son inconstantes (no siempre existe un testigo, y los intereses se oponen al menos tan frecuentemente como convergen). Se necesita otra cosa: una cohesión más profunda, más esencial, más duradera, en tanto que más íntima y más interiorizada. A esto es a lo que se llama la «comunión». ¿Cómo podría prescindir de ella una sociedad? Ello equivaldría a una renuncia a formar vínculo, a hacer comunidad, y por tanto a ella misma. Porque es la comunión la que forma la comunidad, mucho más que al revés: la comunión no existe porque exista una comunidad ya constituida, sino más bien por el hecho de que existe la comunión hay comunidad, y no un mero conglomerado de individuos yuxtapuestos o competidores.”[1]
Por ello toda religión, en un sentido u otro, tiene que ser trascendente, tiene que ir más allá de esta realidad dada y afirmar la creencia en otra realidad, otro ser superior que sirva de apoyo y sustento a la realidad en que vivimos. De ahí que más adelante continúe planteando que “no hay sociedad sin vínculo: no hay sociedad sin comunión. Lo cual no prueba que toda comunión, ni por tanto toda sociedad, tenga necesidad de la creencia en un Dios personal y creador, ni siquiera en fuerzas trascendentes o sobrenaturales. ¿Acaso en algo sagrado? Es un asunto de definición. Si se entiende por sagrado aquello que tiene relación con lo sobrenatural o lo divino, esto nos retrotraería al caso precedente, y nada impediría que una sociedad moderna pudiera prescindir de él ventajosamente” [2]
Pero esta no es la única posibilidad, no es la única opción posible, sino que, al igual que puede defenderse, como estoy planteando, una espiritualidad no religiosa, también se puede hablar de algo sagrado sin tener que remitirnos a la religión. Así aclara André Compte-Sponville que “si por sagrado se entiende lo que posee un valor absoluto, o lo que nos parece que lo tiene, lo que se impone de forma incondicional, lo que no puede ser transgredido sin sacrilegio o sin deshonra (en el sentido en que se habla del carácter sagrado de la persona humana, del deber sagrado de defender la patria o la justicia, etc.), es verosímil que no haya sociedad que pueda prescindir duraderamente de él. Lo sagrado, tomado en este sentido, es lo que puede justificar, en ocasiones, que uno se sacrifique por él. Ya no se trata de lo sagrado del sacrificador (que sacrifica a los otros), sino del héroe (que se sacrifica a sí mismo) o de la gente buena (que quizás estarían dispuestos a hacerlo)”[3]. Y esta diferencia entre lo sagrado religiosos y lo sagrado profano puede ser una clave de la distinción entre lo religioso y lo espiritual, dando sentido así a una espiritualidad no religiosa.
Desde esta perspectiva, la espiritualidad sería un concepto más amplio que el de la religiosidad y suele relacionarse con una actitud de búsqueda de una explicación, ya sea trascendente, ya sea inmanente, de nuestro estar en el mundo y nuestro devenir en él, y tiene que ver con la esperanza, el propósito y el sentido de la vida o con los aspectos inmateriales de la existencia, como el tener relaciones armónicas o conexión con uno mismo, con otros, con la naturaleza o con una realidad superior. Es una espiritualidad que busca lo sagrado no en un ser ultramundano, necesario yo superior, sino en la propia humanidad, en su naturaleza contingente y frágil, pero al mismo tiempo, digna y valiosa para nosotros mismos. Lo sagrado lo hallamos en nuestra humanidad, en la capacidad de compartir y de protegernos los unos a los otros, en la forma en que valoramos y estimamos al otro, al prójimo, en la forma en que cuidamos y somos cuidados.
Para quienes no pertenecen a una religión, la espiritualidad se entiende como la experiencia y expresión del fenómeno más vivencial o personal que podemos encontrar: el sentimiento de ser humano o formar parte de la humanidad. Es un sentimiento que, más allá de los tópicos de ser “seres racionales” o “animales con logos”, no sabemos cómo explicar o no podemos conocer y justificar desde parámetros “científicos”. Pero lejos de negarlos o de explicarlos apelando a las creencias y dogmas de una iglesia concreta, de una religión establecida, los asumimos y los vivimos desde el misterio, desde el vacio y la falta de respuesta.
Nos encontramos aquí, de nuevo, con otra de las ideas que Ann M. Sharp le gustaba manejar y argumentar a favor de una dimensión espiritual del ser humano: la noción del misterio.
Para Ann M. Sharp el misterio forma parte de nuestra radical forma de estar en el mundo, el misterio de por qué no hay nada en lo absoluto, el misterio de la procedencia de las leyes de la física, el misterio de por qué el universo es tan complejo e interdependiente. Como afirma André Compte-Sponville “es como si de pronto todo fuera nuevo, singular, extraño, asombroso, no irracional, desde luego, sino inexplicable o incomprensible, como si estuviera más allá de toda razón (la razón forma parte de ese todo, ¿cómo podría contenerlo?). A esto lo llamé el misterio.”[4]
Pero este misterio no es algo ajeno a la filosofía y al cuestionamiento, sino que forma parte indiscutible de su naturaleza, se encuentra en el corazón mismo de la actitud filosófica ante la vida. Esto es ya bien sabido y forma un tópico dentro de la literatura filosófica: la filosofía nace como un intento de dar respuesta a los interrogantes, las incógnitas y los misterios que se le presentan al ser humano. Como en otra parte ya defendí “la filosofía surge y nace ante la perplejidad, ante lo desconocido y desestabilizador, ante los problemas y dificultades que la persona va encontrándose. El filósofo era aquel, sobre todo, que tenía la capacidad de asombrarse ante lo que veía y, desde el asombro, de preguntarse por el por qué de las cosas, del por qué eran así y no de otra manera y de si esa era la única explicación que se podría encontrar o dar de los fenómenos naturales y de la realidad en la que se encontraban entroncados”[5]. De ahí que desde los orígenes del proyecto filosófico, educativo y vital de Filosofía para Niños el misterio haya sido uno de los temas estelares, sobre todo en la novela de Pixie. No es el momento para retomar la presencia absoluta de la noción de misterio en esta novela, baste con recordar que el elemento narrativo central e hilo conductor de toda la novela es la llamada “criatura misteriosa”.
Volviendo a la cuestión de la Filosofía y el misterio, debemos darnos cuenta que la naturaleza como misterio y los seres humanos como parte de la naturaleza genera asombro, y ese asombro genera pavor. Tal pavor puede aterrorizarnos o liberarnos. Este mundo humano de las emociones, con toda su riqueza, textura, ambigüedad, motivación, sorpresa y misterio, -nos dice Ann M. Sharp- es un terreno maravilloso para la investigación filosófica en cooperación porque los conceptos con los que se construye este territorio son comunes, centrales a nuestra experiencia y controvertidos o discutibles”. Al discutir sobre este ámbito misteriosos y desconocido y al intentar encontrar respuestas con sentido, es decir, al aprender a permitirnos experimentar el misterio cósmico, podemos unirnos a los místicos en una comunidad de investigación filosófica real o virtual y compartir su experiencia de lo que llamaron lo divino, o, por otra parte, lo que podríamos llamar la dimensión espiritual de la naturaleza o de la existencia e ir encontrando nuestro lugar en el cosmos.
Pero para ello no hay que establecer como condición previa la creencia en la existencia de un ser superior o la pertenencia en iglesia o religión establecida, no es condición para vivir el misterio y asumir lo sagrado el adscribirse a dogma alguno. Basta con estar abierto a lo desconocido y estar dispuesto a compartir la experiencia y la vivencia con los demás, con aquellos que también se preguntan y se cuestionan por el misterio de ser y vivir. Tal y como defiende André Compte-Sponville es preferible “aceptar el misterio como lo que es: la parte ignota o incognoscible que envuelve cualquier conocimiento y cualquier existencia, la parte inexplicable que implica o con la que se topa cualquier explicación. Es cierto desde un punto de vista ontológico: es lo que llamaba anteriormente «el misterio del ser». ¿Por qué hay algo y no más bien nada? No lo sabemos. Y nunca lo sabremos. Pero es también cierto desde un punto de vista físico o científico. ¿Por qué las leyes de la naturaleza son las que son? Tampoco lo sabemos. Y es verosímil que nunca lo sepamos (porque sólo las podríamos explicar mediante otras leyes). Llamar a este misterio «Dios» es una fácil manera de tranquilizarse sin hacerlo desaparecer. ¿Por qué hay Dios y no más bien nada? ¿Por qué estas leyes y no más bien otras? El silencio ante el silencio del universo me parece más justo, más fiel a la evidencia y al misterio, quizá también —volveré sobre ello en el próximo capítulo— más auténticamente espiritual. ¿Rezar? ¿Interpretar? No es más que ponerle palabras al silencio. Es preferible la contemplación. O la atención. O la acción. Me interesa más el mundo que la Biblia o el Corán. Es más misterioso que ellos, más vasto (ya que los contiene), más insondable, más asombroso, más estimulante (ya que se puede transformar, mientras que a los otros se los considera intocables y, en fin, más verdadero (ya que lo es en su integridad, cosa que la Biblia o el Corán, plagados de necedades y contradicciones, sólo podrían serlo en tanto que forman parte del mundo: que un texto humano se contradiga no es contradictorio). Misterio del ser: evidencia del ser.”[6].
Por ello, frente a los que se sitúan en el dogma y la verdad relevada, ante aquellos que niegan la posibilidad del debate y el cuestionamiento afirmándose en una supuesta superioridad de sus fuentes de verdad y saber, escudándose en unos textos sagrados indiscutibles e incuestionables, Filosofía para Niños apuestas por la necesaria y enriquecedora tarea de compartir experiencias y discutir respuestas, sentidos y opciones de vida, en cuestionarse el sentido de la vida y del universo. Porque, como el propio André Compte.-Sponville reconoce “nada hay nada más misterioso que la existencia del mundo, de la naturaleza, del ser, y, sin embargo, nos encontramos todos en su interior (sí, ¡en el corazón del ser, en el centro del misterio!). Pero a esto es a lo que se llama la «inmanencia», mientras que se supone que Dios es trascendente. El universo constituye un misterio suficiente. ¿Qué necesidad habría de inventar otro? El misterio no pertenece a nadie. Forma parte de la condición humana.”[7] Y como tal, es una de las características que marcan la propia dimensión espiritual del ser humano.
NOCION DE ESPIRITUALIDAD
Tras este recorrido dialógico por las ideas de Ann M. Sharp llega el momento de avanzar retomando alguna de las ideas expresadas e intentando delimitar someramente qué noción de espiritualidad creo que defendía y por qué, desde ésta, no existe ninguna contradicción o incoherencia entre plantear la práctica de Filosofía para Niños y la Comunidad de Indagación y defender el desarrollo de la espiritualidad en el seno de la misma.
Recordemos que justamente es esta dimensión espiritual una de las características que nos definen como ser humano y nos diferencian del resto de los seres de la naturaleza conocidos. Así “al examinar lo que distingue al hombre del resto de la realidad, y en particular de los animales superiores, Scheler manifiesta que no es la memoria asociativa ni la inteligencia práctica , ni menos aun el psiquismo (que es común a todo ser viviente): es el espíritu. Éste se distingue de la psique y de la vida; es un principio (…) que no puede reducirse a la razón, porque ésta es uno de sus momentos o formas. El espíritu es el conjunto de los actos superiores centrados en la unidad dinámica de la persona. Estos actos no son sólo de naturaleza pensante sino también emotiva.”[8] Asimismo para Viktor Frankl, por ejemplo, lo espiritual sería todo lo que hay de humano en el hombre y la dimensión esencial en la que acontece su existencia. En concreto, la dimensión espiritual, o el espíritu humano, es concebido como lo que diferencia, esencialmente, al hombre del mundo animal y como lo que nos dota de la capacidad para comportarnos de forma libre y responsable, frente a las influencias externas e internas. Y podríamos seguir buscando en la literatura filosófica y encontraríamos mil y un ejemplos más que defenderían que es justamente la noción de espíritu, no necesariamente trascendente o religiosa, como la característica definitoria o diferenciadora del ser humano. Apelando de nuevo a la autoridad de André Compte-Sponville podemos preguntarnos “¿Qué es la espiritualidad? Es la vida del espíritu. Pero ¿qué es un espíritu? «Una cosa pensante —respondía Descartes—; es decir, una cosa que duda, que concibe, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que también imagina y que siente.» Yo añadiría: que ama, que no ama, que contempla, que recuerda, que se burla o bromea… (…) El espíritu no es una sustancia, sino una función, una potencia, un acto (el acto de pensar, de querer, de imaginar, de bromear…), y al menos este acto es indudable, porque cualquier refutación lo supone. (…) Si la tomamos en una acepción tan amplia, la espiritualidad englobaría la totalidad, o casi, de una vida humana: «espiritual» sería más o menos sinónimo de «mental» o de «psíquico». Esta acepción, en el registro que nos ocupa, ha dejado casi de usarse. Cuando se habla de espiritualidad actualmente, la mayoría de las veces se hace para designar un aspecto en resumidas cuentas restringido —aunque quizás abierto a lo ilimitado— de nuestra vida interior: la que tiene relación con lo absoluto, el infinito o la eternidad. (…) Somos seres finitos abiertos al infinito, (…). Puedo añadir: seres efímeros abiertos a la eternidad; seres relativos abiertos al absoluto. Esta apertura es el espíritu mismo. La metafísica consiste en pensarla; la espiritualidad, en experimentarla, ejercerla, vivirla. Esto es lo que distingue la espiritualidad de la religión, que no es más que una de sus formas. Si las confundimos, es por metonimia o abuso de lenguaje. Es como el todo y la parte, el género y la especie. Cualquier religión forma parte, al menos en cierto aspecto, de la espiritualidad; pero no toda espiritualidad es necesariamente religiosa. Por mucho que creáis o no en Dios, en lo sobrenatural o en lo sagrado, no dejaréis de veros menos confrontados con el infinito, la eternidad o el absoluto, y es cosa vuestra. La naturaleza basta.”[9].
Y para explicar este último punto esencial, el rechazo de una concepción necesariamente religiosa de la espiritualidad afirma que “si todo es inmanente, el espíritu también lo es. Si todo es natural, la espiritualidad también lo es. Esto, lejos de constituir un impedimento para la vida espiritual, es lo que la hace posible. Estamos en el mundo y pertenecemos al mundo: el espíritu forma parte de la naturaleza.”[10]
De estas palabras quisiera destacar la última idea pues es fundamental para entender la visión de la espiritualidad más acorde con los planteamientos de Filosofía para Niños. Me refiero a la superación del dualismo entre espíritu y materia o naturaleza. Punto central de la filosofía de John Dewey, uno de los filósofos básicos para entender la propuesta de M. Lipman y Ann M. Sharp. Qué duda cabe que el antidualismo deweyano impregna todo el planteamiento de Filosofía para Niños y apuesta por una noción de ser humano o de persona enmarcada en la naturaleza afirmado un proceso evolutivo en el que se da un continuo entre lo natural y lo social.
Desde esta concepción, al superar la dualidad mundo material y mundo espiritual, entre el ser humano (como ser espiritual) y la naturaleza (como ser material), ya no es necesario apelar a la trascendencia para poder hablar de la espiritualidad del ser humano. A menudo hablamos de los espiritual como algo transcendental, aparte o fuera del mundo, referente al más allá o a lo divino. Pero, en realidad, la espiritualidad tiene que ver más con una actitud y modo de estar en el mundo, de relacionarnos con los demás y la naturaleza que manifiesta una gran compasión, entendida no como caridad o condescendencia, sino como “padecer con” o sentir con el otro, compartir la pasión del otro y mostrar dedicación y cuidado hacia el otro y la naturaleza. Ser una persona espiritual es mostrar estima, preocupación y cuidado hacia uno mismo y hacia los demás, con respecto al medioambiente y a lo que nos rodea. Es una persona que continúa enfrentando los retos humanos (contrariedades, sufrimiento, dolor, tristeza, etc.) y lo hacen de una manera especial: con madurez espiritual, que no es lo mismo que la madurez humana. En la madurez humana (el crecimiento personal), yo tengo aspiraciones de ser una buena persona, de superarme. En el crecimiento espiritual, podemos llegar a percibir aspectos profundos y misteriosos del espíritu y de la persona. Son realidades que no se pueden entender completamente sólo a través de la razón, sino que implican a todo el ser, los sentimientos y emociones, a la capacidad de vivir y experimentar con todas nuestras dimensiones humanas. Defender una espiritualidad humana, una espiritualidad que no apela a entes trascendentales que garantizan nuestra realidad, que nos dan seguridad y que se convierten en el fundamento de un orden necesario, significa defender una manera de entender al ser humano como un ser que en si mismo es valioso y digno, como un ser que no necesita apelar a algo más allá de él mismo para darle sentido a la vida y a la realidad en que se inserta. Como bien dice André Compte-Sponville “¡No por haber perdido la fe vais de pronto a traicionar a vuestros amigos, robar o violar, asesinar o torturar! «Si Dios no existe -dice un personaje de Dostoievski- todo está permitido.» ¡De ninguna manera, porque yo no me lo permito todo! Como demuestra Kant, o la moral es autónoma, o no es moral.”[11]
Pero demos un paso más. Si desde una espiritualidad no religiosa o no trascendente somos capaces de vivir nuestra dignidad humana como parte de un todo o universo o cosmos, la pregunta que se nos presenta ahora es ¿cómo es esto posible? ¿Cómo podemos dar un sentido coherente y realmente efectivo sin tener que apelar a entes o realidades extraterrenales.
De nuevo nos topamos aquí con los planteamientos de Ann M. Sharp y su defensa de una dimensión espiritual que puede y debe ser trabajada desde la comunidad de indagación filosófica.
Parte Ann M. Sharp de la idea de la construcción de relatos como el mecanismo en que el ser humano ha ido elaborando y dotando de sentido a su estar en el mundo. Un primer relato o unos primeros relatos son los que nos han ido legando las religiones. Como defiende André Compte-Sponville “una religión, si nos fiamos de lo que sugiere esta etimología, concierne menos a la comunión (que religa) que a lo que llamo la fidelidad (que recoge y relee) o, más bien, sólo concierne a aquélla en la medida en que concierne a ésta. A base de recoger repetir-releer las mismas palabras, mitos o textos (según se trate de culturas orales o escritas), se acaba por comulgar en las mismas creencias o los mismos ideales. El relegere produce el religare, o 1o hace posible: releemos, luego vinculamos.”[12] Releemos y nos vinculamos a unos relatos, a unos textos que nos dan una explicación o un sentido de la realidad y del cosmos, que nos ayudan a responder a la pregunta fundamental de cuál es mi lugar en el mundo, en el cosmos, y qué sentido tiene mi vida. Pero en Occidente y la sociedad secularizada, los relatos religiosos han sido, en parte, sustituidos con un gran relato: el relato de la Ciencia. Pero éste, nos dice Ann M. Sharp, no es más que uno de los relatos posibles, hay otros relatos que los niños pueden imaginar y crear, otros relatos como puede ser el relato de los pueblos indígenas o de otros pueblos todavía no demasiado occidentalizados.
Ann M. Sharp en este sentido, se pregunta si ¿Podría ser que cualquier comprensión global de la realidad y el mundo debe comenzar con la comprensión de la necesidad de lograr una visión compartida del mundo, es decir, de un acuerdo aceptado independiente de la cultura y de cómo son las cosas, al menos en un sentido? Una posibilidad es la comprensión dada por la ciencia moderna – una narración que da cuanta de la naturaleza que se llama “la epopeya de la evolución”, incluyendo la teoría del big bang, la formación de las estrellas y los planetas, el origen y la evolución de la vida en este planeta, el advenimiento de la conciencia humana (conciencia) como resultante de la evolución de las culturas – se trata de una historia, la historia científica, que tal vez tiene el potencial para unirnos.” Esto es cierto y la prueba evidente es que desde Occidente se ha ido “exportando” su relato y ha ido conquistando otras culturas, ha ido impregnando otros relatos y formas de entender la vida y ha ido relegando otras narraciones, basadas más bien en la defensa de una cierta espiritualidad religiosa o creencia en dioses y espíritus. Sin embargo, invitando de nuevo a André Compte-sponville, podemos afirmar que “no se trata de confiar en que el conocimiento científico, por muy espectaculares que hayan sido sus triunfos, sobre todo de los últimos tres siglos, nos aporte no sé qué pruebas contra la existencia de Dios. Si cualquier progreso científico parece hacer retroceder tanto a la religión, al menos puntualmente (no tener ya necesidad de explicar por medio de Dios lo que se explica sólo por las leyes de la naturaleza), esto sucede sin que pueda refutarla globalmente ni, mucho menos, ocupar su lugar (porque ¿qué es lo que explica las leyes de la naturaleza?). A nadie se le ocurriría, actualmente no más que en el pasado, explicar las mareas o los eclipses por la voluntad divina. Pero tampoco nadie, actualmente no más que en el pasado, está capacitado para explicar la naturaleza misma. Motivo por el cual el cientificismo, que no sería otra cosa que una religión de la ciencia, es tan dudoso como todas las demás. Y resulta además menos poético y más estúpido. Deja de lado la pregunta que pretende responder”[13].
De nuevo, esa inexplicabilidad o esa imposibilidad de ir más allá para encontrar respuestas en este mundo impulsan de nuevo al espíritu a preguntarse por el más allá de esta realidad, le abre de nuevo a una dimensión no inmanente. “La persona humana se halla de modo formal e ineludible abierta a lo trascendente. Hay, dice Laín, un ‘movimiento hacia lo trascendente en el ser humano, que puede concretarse en varios tipos de respuestas: la evasión, la desesperación, el nihilismo, la metáfora, el agnosticismo y la creencia.”[14]
Ann M. Sharp en este sentido se pregunta de nuevo, “¿Podría ser que la historia de la naturaleza, la épica de la evolución es una deformación motivado por la necesidad de manifestar nuestro agradecimiento, reverencia y compromiso con este estar en el mundo con algún sentido? Pero, ¿no podría ser también, que, además de esta respuesta, podamos dar otras distintas? ¿No podría ser que seamos libres – todos nosotros – para crear diferentes versiones de historias, mitos, artes, tradiciones, que nos ayudan a dar sentido a nuestra experiencia? Siendo, además, cada una de ellas ser coherentes y completas en su integridad, ejemplaridad y belleza. Nelson Goodman llama a esto el arte de hacer del mundo. Estas diferentes versiones pueden expresarse en el discurso, en las canciones, en la pintura, la danza, etc. y manifiestan nuestras últimas esperanzas, preocupaciones, manera de entender la personalidad y de dar significado a nuestra relación con la naturaleza.”
Por ello continua en su planteamiento afirmando que “los seres humanos necesitan historias: grandes y convincentes historias que nos pueden ayudar a orientar nuestras vidas dentro de y en la naturaleza. La épica de la evolución es una de dichas historias, adaptada a las necesidades de nuestra comprensión planetaria, hablándonos de nuestra naturaleza, de nuestro lugar y nuestro contexto. Más aun, la respuesta a esta historia, la que los filósofos de hoy llaman “naturalismo espiritual”, puede dar lugar a profundas y duraderas experiencias espirituales que pueden contribuir al hallazgo de nuestro propio sentido en nuestras vidas. Pero necesitamos también otras historias, historias centradas en los seres humanos, nuevos mitos que encarnan nuestros ideales y pasiones. Estas historias podrían ser imaginativamente construidas por la próxima generación mientras que luchan en las aulas para dominar y perfeccionarse en la investigación en comunidad de dialogo, para comprender su lugar en la naturaleza y para dar sentido a su mundo”.
Esta seria, por tanto, la última idea que Ann M. Sharp nos ofrecía: promover la creación de relatos de la experiencia o la recuperación de relatos ya existentes y, a menudo, en riesgo de caer en el olvido. Relatos que muestren maneras distintas de expresar nuestra relación con nosotros mismos y nuestro entorno, relatos que evidencien diferentes manera de entender y de vivir la espiritualidad.
La ponencia continúa con su tercera y última parte en el siguiente enlace:
[1] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, P. 32
[2] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, p.34
[3] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, p. 35
[4] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, P. 170
[5] LAGO BORNSTEIN, J.C. Redescribiendo la comunidad de investigación. Pensamiento complejo y exclusión social, Ediciones De La Torre, p. 37
[6] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, Pp. 114-115
[7] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, P. 115
[8] FERRATER MORA, J. Diccionario de Filosofía, Alianza Editorial, Barcelona, 1986, Entrada “Espíritu”, p.1019.
[9] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, Pp. 144-145.
[10] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, Pp. 149.
[11] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, p. 56.
[12] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, p. 37.
[13] ANDRÉ COMTE-SPONVILLE El alma del ateísmo Introducción a una espiritualidad sin Dios Paidós Barcelona 2006, pp. 112-113
[14] GRACIA, DIEGO “Voluntad de comprensión. La aventura intelectual de Pedro Lain Entralgo” Ed. Triacastela, Madrid, 2010, p. 678.